Sortilegios. Escapes de luna llena.
Derrames de deseos. Tentación.
Besos bien dichos. Palabras que son dedos.
Contacto húmedo. Aspiración.
Arder hasta desbocar el dominio. Sensibilidad extrema.
Respiración. Resbalar entre enredos.
Introducción. Desenlace. Savia. Hechizo.
martes, 8 de noviembre de 2016
jueves, 3 de noviembre de 2016
Muerte y Fantasía
“Mi alma está hecha
de luz y tinieblas. No sabe de brumas”
Victoria Ocampo
Suplicó
una señal. Encontró un hueco.
El
silencio la atornillaba a sus pensamientos más oscuros, doblegando su voluntad
a un sofá derruido. El trueno hizo temblar la estantería de las copas de
cristal. Sucia. Patética. Postergada por ella misma. Razonaba lo acontecido,
una y otra vez. Setecientas veces siete. Hasta que la distraían las voces de la
calle o el ladrido del perro del vecino. La exasperaban. Solitariamente
vagabunda en sus cuatro paredes.
Sin
escapatoria.
Todo
había comenzado un lunes feriado, a la tarde, la ciudad dormía la siesta. El
gris del cielo desparramaba somnolencia. Ella caminaba, distraída, acumulando
esperanzas. Estaba convencida de que algo sucedería que le cambiaría la vida,
se lo había adivinado una gitana. En una esquina típica del centro porteño
había un bar con sus mesas en la vereda. Lo vio, desde lejos, morocho, piel
bronceada por sus antepasados, artista callejero. Envolvía a los transeúntes
con su melodía. Tocaba el bandoneón. No le pegaba el instrumento con su imagen.
Ella eligió la mesa más cerca para observarlo sin interrupciones. Pero, al poco
tiempo, no pasó desapercibida su mirada elocuente, él se le acercó.
Le
regaló dos sonrisas y una flor de papel.
La
tarde se oscureció con la noche, él se retiró de escena. Ella se encontró vacía.
Pero no se desanimó. Sabía que era él quien llenaría sus páginas de palabras
amorosas y su cama de sexo enternecedor. Debería volver a encontrarlo para
confirmar lo que ya estaba escrito. Su historia de amor.
Domingo,
mediodía de feria, los artesanos estaban armando sus puestos, para comenzar las
ventas. Estampas de un día soleado. Ella, entrecruzaba miradas sin ver. Compró
un jugo de naranja, hacía calor. Y, se sentó en el cordón de la vereda, sin
saber qué hacer después. Un sonido, a lo lejos, la estremeció. Era él que se
acercaba con su bandoneón. Se paró frente a ella.
Él le
regaló dos sonrisas y una flor de papel.
Con
el tumulto de gente, él se fue sin que ella lo viera.
Ella
quedó vacía, sin historia. Sin embargo convencida de que era él lo buscó por
todos los rincones de la bendita metrópoli. Lo descubrió tocando en el andén de
la terminal de ómnibus. Se acercó puso un billete en su gorra.
Él
le regaló dos sonrisas y una flor de papel.
Falsificado.
Falso. Encuadres. Caramelos encantados. Ilusiones prófugas. Acantilados
propios. Azúcar. Enjambre. Malversación de emociones. Jugos. Distinción.
Dimensión. Descarrilada. Enmarcada. Distorsionada. Enjaulada. Entibiada. Fría.
Atravesada. Dulces acribillados.
El
canasto estaba abierto, tenía unas frutas podridas, se las había olvidado.
Ruidos
indecentes se filtraban por la ventana de la vecina del fondo. La mareaban.
Quería descubrirse ahí, entre sábanas, con él. Enroscada en esa aventura
escrita para ellos. ¿O, simplemente, escrita por ella?
En
el departamento no había nadie. El olor traspasaba el pasillo. Entraron
forzando la puerta, en la cama solo había cuatro sonrisas y dos flores.
“Mátame, espléndido
y sombrío amor, si ves perderse en mi alma la esperanza”
Silvina Ocampo
martes, 1 de noviembre de 2016
martes, 25 de octubre de 2016
Ella miraba
por la ventana. Lluvia.
Se entretuvo
mirando las hojas verdes de los árboles que comenzaron a mecerse, muy
lentamente.
Una música
bajita acunaban a las pequeñas gotas.
Pestañeaba
al compás del movimiento.
Escurría
agua por sus ojos.
Parecía tan
armonioso. Tan ajeno.
Una herida harta
de sangrar la dirigía.
Ya no podía
dibujarse. Ya no podía pensarse.
Ya no podía
amar. Ya no podía.
miércoles, 12 de octubre de 2016
Quietud Blanca
El ruido de la ciudad resulta tan próximo, tan
cercano, que se oye su roce contra la madera de las persianas. Se oye como si
atravesaran la habitación. Acaricio su cuerpo en ese ruido, en ese paso. El
mar, la inmensidad que se recoge, se aleja, vuelve.
Le había pedido que lo
hiciera otra vez y otra. Que me lo hiciera. Lo había hecho. Lo había hecho en
la untuosidad de la sangre. Y, en efecto, había sido hasta morir. Y ha sido
para morirse.
MARGUERITE DURAS
Tu
quietud me intrigaba hasta el orgasmo. Abriste los ojos, se veían muy
irritados, debería de ser por tenerlos tanto tiempo cerrados. Tus pestañas
estaban pintadas de blanco, igual que el resto de tu cara. Me invitaste a tu
único ambiente. Hicimos el amor, sin hablarnos. Tomamos alcohol de una botella
transparente, el efecto que producía al atravesar mi garganta me excitaba.
Comimos unas rodajas de pan lactal viejo, dos naranjas y una banana
asquerosamente podrida. Me dio unas arcadas espantosas. Estábamos tapados con
la frazada apolillada y te vi durmiendo. Tu cara flaca, con una barba
desordenada, desprolija y poca, tu nariz aguileña y la túnica que llevabas
puesta, me hacían acordar a la imagen de Jesús, me daba impresión.
Tu
nombre me lo dijiste varios días después. Estábamos flacos y malolientes. Al
principio sentía asco, pero después me fui acostumbrando. Para esa época me
tenía que venir la menstruación, a lo mejor por mi debilidad el flujo no tenía
fuerza para escabullirse por la entrepierna. Mejor. Así podíamos seguir jugando
con el sexo sin interrupciones sangrientas. Podía divisar el brillo del sol por
la ventana que daba al pulmón del edificio. Pared a vetas grises. Manchas
largas y finas. Como me sentía yo, larga y fina, se me caían los vaqueros y
padecía un fuerte mareo al moverme. Las naranjas y el pan se terminaron
enseguida pero botellas de alcohol con ese gusto dulzón áspero y conmovedor
había más. Me ardía la vagina de tanto que me la metiste. Fue después de mi
grito desgarrador pero poco sonoro cuando nos quedamos dormidos tantas horas.
"No
nos hace falta nada, necesitamos vivir hasta consumirnos, hasta agotarnos de
pasión, hasta humillarnos delante del otro. O estás conmigo o no lo
estás". Era muy loco pero muy tentador. Era muy exagerado pero muy
romántico. Era muy misterioso pero en mí causaba fascinación.
No
me animé a quedarme más tiempo, me fui cuando dormías. Trastabillaba al
caminar. Vi un agujero inmundo. Vi oscuridad. Escuché sirenas y palabras
ahogadas. Escuché silencio.
Volví.
Me acosté a tu lado, te abracé fuerte para no caerme. Ahora sólo me queda
esperar el final. Descubrí que el amor existe, es real y tiene forma de
estatua.
lunes, 3 de octubre de 2016
Sin aliento
Treinta y tres grados a la sombra. Buenos Aires Buenos Aires era caldo hirviente. No estaba para hacer aeróbic. Pero
había hecho la promesa de comenzar una vida sana, comida vegetariana, nada de
manteca ni azúcar ni alcohol. Cereales, salvado, avena. Sobre todo soja. Agua,
dos o tres litros por día. A la mañana tenía que levantarse con una sonrisa y
decirse a sí mismo: "yo puedo", "es posible", "sé cómo
hacerlo" y "me lo merezco". Debía olvidarse de desayunar con
medialunas y café negro. Yogur diet con hierro, una rodaja de pan de centeno y
un jugo de pomelo. No estaba acostumbrado, todo lo contrario. Protagonista de
una vida atropellada, bulliciosa y volcánica. Trasnochador, amante del alcohol,
cigarros, grasas y todo lo que aumente el colesterol. Su gran debilidad era el
chocolate. En cualquiera de sus formas, con cualquier consistencia, en
cualquier lugar. El chocolate lo hacía vulnerable. Helados, tortas y mouse... ese que cuando hundía la
cuchara le hacía sentir la presencia de sus instintos más salvajes. Sólo era
cuestión de encontrar la mujer apropiada para iniciar el juego erótico del
sabor.
Compró su equipo:
shorcito, remera sin mangas, porta botella y vincha para sujetar su pelo
semilargo. Fachero, un poco de panza.
Había corrido dos cuadras
y sus músculos no daban más pero la meta era, por lo menos, ocho kilómetros.
Caminó un poco. Su estado era el de una persona que había terminado una maratón
cuando sintió el perfume, ráfaga que pasó por su lado, erguida, sin
transpiración, paso armónico, espalda derecha, glúteos redondos perfectos. No
pudo evitarlo, la siguió acompasando el trote. Y uno y dos y tres y cuatro...
Otra vez. Y uno y dos y tres y cuatro. Se había olvidado de sus dolores. La
mirada la mantenía fija entre las piernas y la cola y una melena rubia atrapada
en un cordón blanco. Armonía perfecta.
No miraba el camino ni la
gente ni la nada. Sólo quería untar esos muslos con chocolate y con la lengua
sacárselo lentamente, mientras con las manos desvestir ese cuerpo bronceado.
Tetas firmes, panza chata. Mujer única, irrepetible. "No corras más, no te
resistas".
Las gotas de sudor
mojaban su nuca corriendo por la espalda formando un camino por la remera
blanca sin mangas. "Seguro de que toda ella está húmeda. ¿Y si la invito a
tomar un helado de chocolate? No, mejor una barra de cereal con leche de soja.
Dejá de correr. Ni siquiera se dio vuelta una sola vez. ¿Se habrá dado cuenta
de que estoy detrás de ella? ¿Sabrá que ya no siento las piernas ni mi
respiración y que estoy ardiendo por tenerla en mi cama? Ella y yo. Sin ropa,
sin carreras, sin tiempos. Con mi masculinidad sumergida en su femineidad. ¡No
se cansa nunca! ¿Le gustará el chocolate?"
"Uy, está bebiendo.
Su perfil es digno de una alteza, su boca... Como me gustaría sentir tus sabores,
reconocer tus gustos y adivinar tus sueños".
El trote era lento,
apenas rozaban el piso con sus zapatillas. Uno estaba al lado del otro. Él pudo
observar su escote profundo, sus pechos prominentes, sus labios carnosos y
húmedos. "Quiero morir salvajemente entre tus piernas"
Ella paró la marcha, él
quedó respirando detrás, casi rozándola.
Olió el perfume de su piel, el aroma a bronceador, el fresco de su
aliento. La imaginó en con una bata de gasa transparente sensual, desnuda,
esperándolo, ofreciéndole las cualidades más sublimes del placer. Mientras ella
elongaba, él se desparramó en el pasto. Ella para empezar de nuevo, él no podía
recuperar el aliento. Lo miró, caminó hacia él y sin detenerse dijo:
- ¿No te tomarías un
helado de chocolate?- era la voz más dulce y sensual que jamás había escuchado.
"¿Dijo
chocolate?" Él no tenía noción ni razón, su cuerpo no le pertenecía. Sus
músculos estaban acalambrados, intentaba desesperadamente decir: "¡Si
quiero!" pero no podía emitir sonido. Sólo atino a levantar la cabeza
intentando enfocar esa imagen escapada de la mitología que desaparecía entre
los autos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)